Adonde vamos: ¿el apocalipsis humano?

El firmamento será siempre azul, y la tierra perdurará y reverdecerá en primavera.
Pero tu hombre, ¿Cuánto tiempo vivirás? Li-Tai-Po


El tsunami que se abalanzó sobre buena parte de la costa japonesa y la posterior crisis nuclear que desató la destrucción, atrajeron la atención del mundo que veía, en vivo y en directo, como la sofisticada y culta Japón, la tercera economía del mundo, no podía hacer nada ante la fuerza desatada de la naturaleza:



“Una ola monstruosa que venía de los abismos del agua iba barriendo y arrasando los litorales japoneses y convirtiendo en escombros las ciudades, estrellando los barcos contra los puentes, arrancando las casas como trozos de papel, moliendo en su trituradora automóviles, bosques, barrios, piedras, metales, máquinas y seres humanos”.


Ese remezón sacudió también a la humanidad entera, testigo inerme de una especie de catástrofe planetaria.

Pasados los días, llorar ante la leche derramada no sirve de nada. “Con cada vida vuelve toda la historia”. Lo que la humanidad debe preguntarse ante estos terribles sucesos es qué estamos haciendo los habitantes del globo terráqueo, que constatamos asombrados, casi a diario, en todos los confines, reclamos violentos de tierra, en forma de cataclismos, terremotos, tsunamis, veranos e inviernos prolongados, con temperaturas extremas y sus consecuentes desplazamientos y pérdidas de vidas humanas por centenares de miles,.


Nos recuerda que hoy somos tan numerosos sobre esta tierra sedienta y acotada que prácticamente cualquier cosa que hagamos en cuanto a construcción de centrales nucleares, consumo de energía fósiles, en la agricultura, en la industria, en la construcción de las ciudades, en los modelos de desarrollo predominantes de la exacerbada aldea global, que no tenga en cuenta los límites de la naturaleza, perjudica la vida salvaje de la tierra, y con ello, se pone en peligro la supervivencia de la civilización.




El debate que se ha desatado en torno a la viabilidad o no de la producción de electricidad en base a plantas nucleares es un buen síntoma de la reflexión que debemos emprender en torno al futuro, que contenga nuestra relación con la naturaleza. Lo que está claro y ojalá no se ahogue en “las frías aguas del cálculo egoísta”, apenas pase el boom de los titulares de prensa de la tragedia japonesa, como hasta ahora ha pasado, es que es urgente revisar a fondo el actual sistema económico de las libertadas absolutas del mercado, incompatible con la sostenibilidad ambiental del planeta.


La humanidad no puede seguir con un sistema basado en la extracción y producción de energías fósiles que generan 37.000 millones de toneladas de dióxido de carbono cada año, origen del calentamiento global que aumenta la temperatura de la tierra, derrite los páramos, eleva el nivel del mar, presiona las capas tectónicas, desertifica territorios enteros, base de nuestras tragedias actuales.


El alarmante incremento del nivel del mar podría afectar la habitabilidad de Nueva York, Shanghai, Miami, Holanda en su totalidad, la costa de la India y Bangladesh. En Colombia podría comprometer 72 poblaciones, entre ellas, Cartagena, Santa Marta, Tumaco. San Andrés desaparecería en un 17%.4 En la actualidad, la emisión de gases efecto invernadero (GEI) concentrados en la atmósfera ronda las 390 partículas por millón, la cifra más alta en millones de años.5 Para el 2050, al ritmo de emisión del presente, los niveles de CO2 alcanzarían las 600 partes por millón, un nivel cuyos efectos podrían ser irreversibles.


La humanidad no puede seguir con una economía que considera la oferta de la naturaleza gratis, al decir de Juan Bautista Say, uno de los epígonos de la economía clásica, para quien ¨Las riquezas naturales son inagotables porque de lo contrario no las obtendríamos gratuitamente. Como no pueden ser multiplicadas ni agotadas, no son objeto de las ciencias económicas¨, ciencia que mide la producción solo en términos monetarios, que produce la falacia del enriquecimiento cuando lo que realmente ocurre es una enorme degradación ambiental.


Para John Kenneth Galbrait, el nivel, la composición y la extrema importancia del Producto Interior Bruto (PIB) están en el origen de una de las formas de mentira social más extendida y señala que el PIB-per cápita es una mentira porque supone que su medición entraña una renta equitativa.

La humanidad no puede continuar con una economía que produce injustas y profundas desigualdades sociales, que concentra la riqueza en forma bochornosa, que estimula un consumismo desbordado y antiético, que reemplazó la ética del trabajo por la estética del consumo, que coloca la ganancia por encima de cualquier consideración de la preservación de la naturaleza y la especie humana.


Esta afirmación puede corroborarse en el hecho criminal, desde el punto de vista ambiental, de que la industria del automóvil estimuló el desmonte de los ferrocarriles como sistema de carga y de pasajeros. El automóvil es el capitalismo sobre ruedas. Para mal del medio ambiente, el automóvil y el petróleo están íntimamente ligados. En la actualidad circulan por el mundo 800 millones de autos. Para el 2030, de seguir la tendencia serán, casi el doble.


Y en el presente, en que los enormes intereses de la industria petrolera han desestimulado y frenado el desarrollo de energías alternativas, de tan urgente aplicación.

En síntesis, lo que pone en evidencia las duras advertencias de Naturaleza es que el sistema económico prevaleciente es incongruente con la preservación de la naturaleza. ¨El nacimiento de la mecanización y la industria moderna….fue seguido de una irrupción violenta semejante a una avalancha por su intensidad y extensión.


Todos los límites de la moral y la naturaleza, la edad y el sexo, el día y la noche fueron superados. El capital celebró sus orgías¨. Y en esas estamos, con todas sus consecuencias. El hombre contemporáneo está a tiempo de corregir el rumbo al borde del abismo.

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